POR QUÉ EL DISEÑO INDUSTRIAL ES IMPORTANTE

O por qué no debes dejar que tu «primo» haga el trabajo de un profesional porque es más barato y hace lo mismo.

La premisa de este artículo es desmontar algunos mitos y explicar por qué el diseño industrial es importante. Desde hace mucho tiempo se han pronunciado distintas definiciones abarcando el objetivo final del diseño, cada una diferente a la anterior, y la realidad es que puede llegar a ser un concepto abstracto complicado a la hora de definirlo. La verdad objetiva es que el diseño pretende proyectar una solución técnica y estética a un problema concreto situado en un contexto social, cultural y económico . Esto significa que ambas partes, técnica y estética, o forma y función se dice en el gremio, son coexistentes y dependientes en un producto. No hay un diseño que sea 100% estético o funcional ya que estaríamos hablando de arte, o una calculadora, respectivamente. La importancia de esta relación reside en la unificación de las distintas fases que corren alrededor del desarrollo de un producto, desde su conceptualización, diseño, fabricación, soluciones técnicas, materiales, etc, hasta que llega a tus manos.

Con el tiempo las empresas comenzaron a darse cuenta de la importancia del diseño por una razón muy sencilla.

Primero vamos a situarnos un poco. Desde la revolución industrial hasta hoy en día se resuelve con excelente efectividad la fabricación en cadena de casi cualquier tipo de producto. Disponemos de la tecnología adecuada y con la inversión de dinero correspondiente podemos crear una infinidad de productos. Hoy en día, debido a la globalización nos encontramos con una gran saturación de oferta en el mercado. Los orígenes y calidades son discutibles, pero la cuestión es que actualmente puedes conseguir tu compra desde China en un plazo de prácticamente una semana, lo cual es increíble. Tal saturación de productos nos lleva a una desconexión emocional con el producto en sí. Semejante facilidad para comprar lo que queremos ha roto con la ilusión, con el esfuerzo y la esperanza que antes poníamos en el proceso de compra, un largo camino que desencadenaba un mar de emociones. En el libro «Sapiens», Yuval Noah Harari pregunta si somos más felices ahora que hace cientos de años. Pues bien, el camino ha cambiado mucho, y aunque vamos perdiendo algunas cosas ganamos otras, apenas variando objetivos.

Debido a la gran facilidad para comprar objetos, ahora las empresas deben centrarse en la semántica de su producto en el cliente. Importa el «valor» o significado que nace en las manos del cliente, como encaja en su día a día. Para eso, hay que pensar y formular las preguntas adecuadas. Ahí es donde entra el diseño, para preguntar qué, cuándo, dónde, cómo y por qué hay que hacer algo. Responde con soluciones a problemas existentes. Esas preguntas son el principio básico, la información sobre el cliente. Si como profesionales no respondemos a esas preguntas de forma adecuada, podemos crear un objeto muy atractivo o muy avanzado tecnológicamente, pero sin significado alguno. Como consecuencia, no encajará en el mercado porque no crea ningún tipo de valor, no es coherente.

La última validación para saber si tu producto es coherente y funciona, es que la gente lo compre.

Mi padre siempre me decía que era mejor perder 5 minutos afilando un cuchillo que pasar media hora cortando mal y a duras penas. Quizás con el diseño pase lo mismo. Respondiendo a las preguntas adecuadas hacemos el proceso de venta mucho más ágil y sencillo para todos, cuando un producto es coherente y encaja bien en el mercado, se entiende mucho mejor, es más fácil de usar, resulta atractivo. Un diseño bien desarrollado es tan sutil que a veces puede pasar inadvertido, porque nos transmite lo que debe transmitir. Y eso, es algo que lleva mucho tiempo entender incluso a los que estamos trabajando profesionalmente en el sector. Conseguir que algo resulte sencillo y se entienda bien es lo más complicado, por paradójico que suene. Y es por eso que no tiene sentido que tu «primo» te haga el logo o un dibujillo en un papel parecido al de un profesional, porque la diferencia está en que el primero no sabe ni entiende lo que está haciendo.

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